El Buen Pastor.

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jueves, 9 de junio de 2011

La "ramera" no era prostituta, ni aun mujer; era "prostiuto" (del Comentario sobre Apoc 17) Por John Stan

¿Era Juan de Patmos un misógino sexista?

Hoy día, hablar de las prostitutas en la forma en que lo hace Juan revelaría mucha ignorancia de la realidad social y, mucho peor, una gran insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. De hecho, en todo el relato de la ramera, no se encuentra ni una pizca de compasión por la condición de ella. El pasaje no toma en cuenta para nada que las prostitutas son en gran parte víctimas de la misma sociedad, de sus propios clientes y de circunstancias de la vida a menudo más allá del control de ellas. Muchas autoras y autores han preguntado, con todo derecho, ¿Cómo puede ser posible hablar de seres humanos, en cualquiera condición que estén, sin tomar en cuenta que ellos y ellas son también imagen de Dios y personas a las que Dios ama?

Varios autores feministas han estudiado el papel de las cuatro mujeres del Apocalipsis (2:20; 12:1; 17:1; 12:7) según los métodos y criterios del análisis de género. Tina Pippin (1992:67-82) afirma, con mucha razón, que "el episodio de la ramera es extremadamente grotesca; ella es una presencia enorme y exagerada" (74). Pippin señala también que las dos mujeres del Apocalipsis que son terrestres (''earth-bound"; humanas, reales), Jezabel y la ramera, son malas y engañadoras, mientras que las dos mujeres buenas son puramente celestiales (67). Para Pippin, "todas las mujeres en el Apocalipsis son víctimas; son objetos del deseo y de la violencia porque todas son imágenes estereotipadas...", sin ningún poder sobre sus propias vidas (69). Su conclusión (77-79) es que el libro, a pesar de su compromiso con la justicia política y anti-imperialista, no hizo absolutamente nada para mejorar la posición de la mujer. En un escrito posterior (2006:753-768) Pippin y Clark acusan a Juan de "misógino, patriarcal, homofóbico y hetero-sexista, violento ... (con) una pobre visión de un futuro justo" (754). Terminan concluyendo que "el Dios del Apocalipsis (y de toda la literatura apocalíptica) es una deidad violenta, sadomaquista a quien debemos resistir. Esta teología de destrucción masiva en el Apocalipsis de Juan no puede ser revisada, reconstruida ni adaptada para nuestro contexto actual" (768).

Estos escritos tienen el gran valor de ayudarnos, especialmente a los que somos varones, a leer la Biblia desde la perspectiva de las mujeres y desde las claves hermenéuticas del género. Eso redunda también en un acercamiento más humano y más sensible hacia el texto. Cuando hablamos de la ramera, y escribimos sobre ella, no debemos olvidar que en cualquier momento nos puede estar escuchando, desde su propia vivencia, una prostituta de hoy. Pero tomar estos argumentos en cuenta no significa estar de acuerdo con todas sus afirmaciones, algunas de las que son exageradas y exegéticamente insostenibles. Además, hay un gran anacronismo histórico en esperar de Juan, que era hijo de sus propios tiempos, criterios y sensibilidades que sólo surgieron a mediados del siglo XX.

El simbolismo de la ramera, que en sí es problemático, no comenzó con el Apocalipsis. Hemos visto que ya era muy común en las escrituras hebreas, y muy pocas veces con un sentido sexual. Es obvio que la ramera de Apoc 12 no es una "trabajadora sexual" sino un símbolo esencialmente neutro para los emperadores y políticos que prostituían el poder y las riquezas en su propio beneficio. En esa prostitución, casi no participaban mujeres (aparte de Cleopatra, Mesalina y algunas otras excepcionales). Resulta entonces que en la realidad histórica "la ramera" no es una mujer sino una mafia de varones imperialistas. No cabe duda que Juan mismo tenía eso bien claro. La prostituta, entonces, era más bien un "prostituto" (Michael 1992:127; Pikaza 1999:163).

¡Qué sorpresa! ¡Esta ramera no era prostituta, ni aun era mujer!


Las prostitutas también son imagen de Dios

Puesto que la ramera del Apocalipsis 17 no es una persona sino una ciudad, y su prostitución no era de carácter sexual sino político y económico, el pasaje en su contexto no tiene nada que ver con la prostitución en sentido literal. Sin embargo, es poco probable que el lector de hoy entienda el simbolismo en su sentido original, sin incorporarle connotaciones de moral sexual. Por eso conviene enfocar ahora muy brevemente una visión bíblica y teológica del comercio sexual hoy.

Una primera observación, bíblica y teológicamente incontrovertible, es que las mujeres atrapadas en la explotación sexual sí son personas creadas a la imagen y semejanza de Dios, con todo lo que eso significa. Igual que todos nosotros, tienen sus caídas y errores pero ésos no las pueden privar de la dignidad que les corresponde. Aunque hoy los pecados sexuales son los más escandalosos, en la perspectiva bíblica hay otros pecados igualmente serios o peores, como la idolatría, la avaricia y la falsedad. Por eso, es antibíblico ver en una de estas mujeres sólo una ramera perdida en el pecado, sin verla también como un ser humano a quien Dios ama, y nosotros debemos amar también.

Las perspectivas hebreas sobre la prostitución variaba de época en época; mientras algunos pasajes la mencionan sin juzgarla, otros pasajes la condenan severamente. El relato de Judá y Tamar es revelador (Gn 38:6-26). Tamar, una mujer cananea, era nuera de Judá y viuda de dos de sus tres hijos (Er y Onán). Cuando Judá se negó a darle por esposo a su último hijo, Selá, ella se disfrazó de ramera y cuando Judá la vio en el camino, se acostó con ella y la dejó embarazada. Después, cuando supo que su nuera estaba encinta por prostitución, pero sin imaginar que él mismo era el padre, se enojó y clamó por su muerte (36:24). Sin embargo, ella le mostró las prendas que él había dejado con ella, y Judá exclamó, "Su conducta es más justa que la mía, pues yo no la di por esposa a mi hijo Selá" (38:26).

Lo primero que llama la atención en este relato es que el pasaje no juzga explícitamente ni a Judá ni a Tamar por esta relación de prostitución. Judá no parece tener problemas de conciencia por acostarse con esta ramera desconocida, ni en ningún momento se le condena a ella por esa acción. La furia de Judá contra ella, al reclamar su castigo por fuego, no fue por el hecho en sí de prostituirse sino por violación de los códigos familiares; la conclusión irónica del pasaje sugiere más bien una polémica contra tales castigos severos. Además, todo el pasaje gira en torno a otro tema, la herencia de la tierra que correspondía a sus hijos fallecidos y el derecho del levirato de la viuda para producir un heredero (Dt 25:5-6). Todo este juego de conceptos se resume en las sorpresivas palabras finales de Judá. ¡Una ramera cananea es más justa que un patriarca israelita, y eso por un asunto de herencias!

Es sorprendente también el caso de la prostituta Rajab de Jericó (Jos 2:1-21; 6:17-25; RVR traduce "Rahab"). En ningún momento el relato la juzga por ser prostituta ni a los dos espías por haber entrado en la casa de ella. Ella reconoce el poder de Yahvé (2:9-11; ¡la primera "convertida" de Canaán! 6:25) y participa activamente en la historia de la salvación. Pide a los espías proteger su familia y su casa (2:12-14) y Josué cumple con esa promesa (6:17-25). En el Nuevo Testamento, Rajab es una de las cuatro mujeres que entran en la genealogía de Jesús (Mt 1:5) y figura entre los héroes y heroínas de la fe (He 11:31). Según Santiago 2:25, fue justificada por obras.

Actitudes parecidas prevalecen en el Nuevo Testamento; las declaraciones en cuanto a la prostitución son sorprendentes. Sin pelos en la lengua, Jesús anunció a los sacerdotes y ancianos que "les aseguro que los publicanos y las prostitutas van delante de ustedes al reino de Dios, porque Juan fue enviado a ustedes a señalar el camino de la justicia, y no le creyeron, pero los publicanos y prostitutas sí le creyeron" (Mat 21:23,31-32). ¡Mejor una ramera con fe que un fariseo sin fe!

En otra ocasión, cuando "una mujer de la ciudad" (7:37 RVR) se introdujo sorpresivamente en una cena en casa de un fariseo y ungió los pies de Jesus, el anfitrión juzgó a Jesús por permitirlo y dijo para sí, "Si este hombre fuera profeta, sabría quién es que lo está tocando, y qué clase de mujer es: una pecadora". Aunque la primera frase podría indicar sólo la residencia de la mujer y no su profesión (así Fitzmyer 1981A:683,688), la mayoría de los exegetas están de acuerdo en que la frase misma y el relato completo muestran que la mujer era prostituta, que creía en Jesús y lo amaba (7:47,44-48). A continuar el relato, Jesús invierte la crítica del fariseo, contra él como contra la mujer, en una crítica contundente contra el fariseo. Esta historia pertenece a una veta importante en Lucas, que Jesús era amigo de pecadores. Sin generalizar mucho, podemos decir que Cristo nunca tuvo palabras favorables para los "justos" de la sociedad, pero siempre tenía palabras compasivas para los que la " buena gente" veía como "pecadores".

En la parábola del hijo pródigo, el hermano mayor (que realmente era el pródigo, representante de los fariseos) acusa ante el padre de ellos que su hermano "ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas" (Lc 15:30). A algunos varones de Corinto, que aparentemente visitaban a las prostitutas, Pablo les ordena dejar esa práctica porque los miembros de Cristo no pueden unirse con prostitutas y ser un solo cuerpo con ellas (1 Co 6:15-16). En contraste con la costumbre hoy de condenar a las prostitutas con enorme desprecio pero no igual a sus clientes masculinos, el Nuevo Testamento responsabiliza a los varones y los exhorta a arrepentirse y cambiar su conducta.

El varón que visita a una prostituta lo hace porque él quiere, pero muy pocas mujeres son prostitutas porque ellas lo han querido. Más que "prostitutas", son "prostituidas". La mayoría son, en gran medida, víctimas de diversas circunstancias (abuso sexual infantil, violencia doméstica, pobreza extrema, etc.). Especialmente escandaloso es el criminal tráfico internacional de mujeres que se ha globalizado desde el siglo pasado. A estas mujeres los traficantes las llevan a otros países con falsas promesas de empleo, les quitan el pasaporte y las mantienen totalmente como esclavas sexuales. Y son miles de miles, en un negocio multibillonario.

Como cristianos, debemos apoyar todos los proyectos de evangelización y restauración de ellas y oponernos firmemente a toda la corrupción e injusticia de que son víctimas.

A fin de cuentas, estas sufridas mujeres son humanas como todos nosotros; en cambio, sí son inhumanos los imperios que ellas simbolizan en este pasaje del Apocalipsis.


¿Quiénes son las "rameras" de hoy?

No cabe duda de que el simbolismo de la ramera le proveyó a Juan un argumento sumamente impactante para su ataque contra el imperio romano, con su idolatría y sus injusticias. Ya hemos visto que no es por ser mujer ni por su vida sexual que se llama "ramera" sino porque prostituye todo lo que llega a sus manos. Es "ramera" porque explota al sistema imperial, no para servir a todos sino para servirse exclusivamente a sí misma. Eso plantea una pregunta obligada: ¿Existen "rameras" también hoy en nuestra actual realidad histórica? ¿A quiénes denunciaría hoy Juan de Patmos como "rameras del siglo XXI"?

Recordemos que Juan era un pastor; escribía a sus siete congregaciones y esperaba de ellas una respuesta de obediencia (1:3). No introduce esta ramera para darles una lección de ética sexual, ni para predicir el régimen de Anticristo futuro. Los pecados sexuales son graves, ayer y hoy, pero no son los únicos pecados ni necesariamente los más graves. Los evangélicos solemos obsesionarnos con lo sexual, pero nos quedamos ciegos o miopes a otras dimensiones del pecado.

Obviamente, las rameras de hoy serán las personas y las naciones que hacen lo mismo que los profetas hebreos y Juan de Patmos denunciaron en Israel, Tiro, Nínive y Roma. Sin duda Juan levantaría su grito profético contra las rameras de hoy también.

¿Cuáles "prostituciones" denunciaron los profetas y Juan, para hacer acusaciones tan graves? En primer lugar, la idolatría estaba siempre de alguna manera en la base de todas las denuncias bíblicas contra Israel y las naciones. Para los profetas, todo culto idolátrico era prostitución. Y la idolatría era también el principal problema pastoral para Juan de Patmos, en la forma del culto al emperador y al imperio, con sus templos, rituales, procesiones y otras expresiones. La grave amenaza de los nicolaítas (seguidores de "Balaam" y "Jezabel", 2:14,20) tenía que ver precisamente con el problema, no reconocido por ellos, de idolatría dentro de la iglesia. La obediencia a la que Juan les llama es la de resistencia contra todo ese sistema idolátrico.

Desde Moisés hasta la caída de Jerusalén, la tentación de idolatría consistía mayormente en adorar a otros dioses, sobre todo los de Canaán. Después del exilio, tales prácticas dejaron de ser el problema de antes, pero el peligro de idolatría no desapareció. Los profetas post-exílicos denunciaron nuevas formas de idolatría, lo que Sicre (1979:43) llama "idolatría secular", una idolatría implícita e invisible pero también idolatría (Stam III 2009:204-21). En tiempos de los macabeos, la idolatría no consistía en dar culto a deidades ajenas sino en adherirse al humanismo helenístico de los seléucidas (1 Mac 1:43), que los fieles debían resistir aun hasta la muerte (2 Mac 6:18-7:42). Los documentos de Qumrán también destacan "los ídolos del corazón" (CD 20:9; 1QS 2:11,17; 4:5; 1QM 4:15,19; 1QFlor 1:17; cf. Ez 14:4). En el contexto del Apocalipsis, la idolatría abarcaba tanto el culto a la imagen de la bestia como la asimilación a los "ídolos del corazón" del imperio.

No puede caber duda de que los profetas, con la pasión teológica y ética que les caracterizaba, estarían gritando su protesta hoy contra los muchos "ídolos invisibles" que rondan por toda la vida de nuestra sociedad y de la misma iglesia. Son innumerables los ídolos de nuestro tiempo: el dinero, el automóvil, la casa lujosa, el éxito, el sexo, la fama y muchos más. No es mera casualidad que hablamos de los ídolos de Hollywood, de la farándula y del deporte. La nuestra es una sociedad profundamente idólatra.

Algo que sorprende en los profetas de Israel es la denuncia tan frecuente contra las alianzas internacionales, sean políticas, económicas o militares, específicamente como prostitución Aunque eso parecería ser un derecho de cada nación soberana en aras de su autodefensa y sobrevivencia, los profetas denunciaban como idolatría y prostitución todas esas alianzas. Las veían como el pecado de depositar su esperanza en los aliados o en las armas y la fuerza en vez de confiar en Yahvé y su justicia. Se consideraba una divinización del poder humano. Llama la atención que Ezequiel, en su libro tan lleno de lenguaje agresivo, utiliza los términos más violentos y crudos para describir las abominables alianzas político-militares de Israel y Judá (Ez 16; 23). Estas alianzas traían también el peligro de absorber las prácticas idolátricas de esas naciones. Exactamente lo mismo pasaba con los nicolaítas y su acomodo al culto imperial. Bíblicamente, toda confianza en la fuerza y toda componenda con la injusticia y la opresión es prostitución, "rameras" que Juan estaría denunciando hoy.

Como corolario de lo ya dicho, podemos afirmar que para los profetas hebreos, y más explícitamente para Juan de Patmos, el mismo imperialismo es una prostitución (cf. Isa 23:7-17). Desde el relato de la torre de Babel hasta las vehementes denuncias de los profetas hebreos, el Antiguo Testamento condena la arrogancia, avaricia y crueldad de las superpotencias expansionistas. Por su parte, el libro de Apocalipsis analiza cuidadosamente las estructuras del imperio romano (políticas, económicas, militares, sociales e ideológicas) y las declara satánicas. Al lector común hoy se le escapa esta veta anti-imperialista del libro, tanto por desconocer la historia antigua como por no relacionar el libro con su contexto histórico. Pero hoy también, Juan acusaría a los aliados del imperialismo como rameras y agentes del diablo.

Definitivamente son rameras, según los profetas, todos los que practican la corrupción y el abuso de poder. Lo describen bien los profetas:

¡Ay de los que sólo piensan en el mal,
y aun acostados hacen planes malvados.
En cuanto amanece, los llevan a cabo
porque tienen el poder en sus manos (Miq 2:1).

Tus gobernantes son rebeldes,
cómplices de ladrones,
todos aman el soborno,
y van detrás de las prebendas.
ni se ocupan de la causa de la viuda (Is 1:23).

¿Existirá algún gobierno hoy que no esté permeado de esa corrupción, que es prostitución? ¡Hoy hay gobiernos enteros que no son otra cosa sino enormes prostíbulos de corrupción! Ser ramera consiste en prostituir el poder y la riqueza para su propio beneficio egoísta (Mesters y Orofino 2003:266; Arens 1999:1699). Así pasaba en el imperio romano, y así pasa hoy en todos los niveles de la sociedad.

El primer deber de un gobernante es buscar el bien de todo su pueblo, sobre todo de los más desfavorecidos. Especialmente condenable y digna de denuncia profética es la corrupción de los partidos y los políticos "cristianos" que aprovechan de su poder para servir sus intereses propios o los intereses de la iglesia institucional. Ellos también son rameras.

Para mantener su prostitución, el imperialismo y los demás corruptos utilizan incansablemente el engaño, especialmente la propaganda manipuladora. Su prostitución de la verdad consiste en siempre "llamar bueno a lo malo, y a lo malo bueno" (Is 5:20). En el Apocalipsis, el falso profeta es el ministro de propaganda de la bestia, al servicio del dragón (13:11-18). De las bocas del trío satánico salen ranas de propaganda diabólica que van a todos los reyes de la tierra para incitarles a la guerra (16:13-14). Quizá la prostitución más extendida y dañina de nuestra época es la constante prostitución de la verdad por los grandes monopolios de la información.

Clave a las denuncias por prostitución, a diferencia del adulterio, es la motivación comercial, dispuesta a vender cuerpo y alma por la riqueza. Bíblicamente vista, la avaricia es idolatría y prostitución (Ef 5:5; Col 3:5). La ramera del Apocalipsis fue impulsada implacablemente por su insaciable sed de lujo, su "lujolatría". Los profetas condenan todo orgullo con base en las riquezas (Jer 9:23) y toda confianza en ellas, en vez de confiar en Dios (Is 2:7-8; cf. Salmo 62:5,8,10). Toda riqueza, sea de una nación o de una persona, no es más que mayordomía que el Creador nos ha encomendado para vivir dignamente y para servir a Dios y a los demás; toda opulencia o sed de lujo es prostitución de esos dones que Dios nos ha confiado. La misma idolatría materialista funciona, más obviamente, en el narcotráfico, la industria armamentista, el tráfico internacional de mujeres, el negocio de los secuestros y, en algunos países, prestamistas explotadores afiliados con sicarios para obligar el pago. ¿Y qué decir de los intereses exorbitantes que cobran por las tarjetas de crédito?

La voz de Juan y los profetas hebreos truena de nuevo desde la Palabra de Dios. Hoy también hay rameras, y muchas, en los gobiernos y las grandes empresas, y hasta en las iglesias. La Palabra nos llama a arrepentirnos, salir de ese prostíbulo corrupto y levantar una voz profética de denuncia y anuncio. "Salga de ella", nos exhorta Juan, "para que no sean cómplices de sus pecados" (18:4).

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